lunes, 5 de abril de 2010

Narrativa arequipeña: "La prosperidad reclusa" de Orlando Mazeyra

"La prosperidad reclusa de Orlando Mazeyra". Artículo, Diario Noticias 5 Abril de 2010.
La narrativa arequipeña no tuvo una tradición literaria como la poesía, sin embargo, la pluma de los narradores no se deja esperar, en estas últimas décadas surgieron libros notables que merecen destacar. Entre ellos, los libros de Orlando Mazeyra Guillén, quien en su corto periplo literario ha sabido cultivar, a través de las letras, un prestigio literario a nivel nacional en poco tiempo.

AB INITIO

Mazeyra Guillén, dedicado a la narrativa a tiempo completo, concibe historias que retratan el espíritu juvenil de la delicada y compleja época que nos toca vivir, los problemas de anorexia, escarceos femeninos, infidelidades, descubrimiento sexual, rasgos obsesivos, depresiones sociales, angustias existenciales, la escritura, donde el alcohol y las drogas son estímulos pasajeros de temer.

Orlando Mazeyra nos presenta un desafío en la nueva narrativa hispanoamericana, su marcado y crudo naturalismo con que presenta sus relatos nos ponen al frente de una realidad marcada por los problemas actuales que conocemos, pero preferimos no ver o vemos y preferimos desconocer. Aunque algunos relatos juegan con el buen juicio del incauto lector resulta necesario abrir nuestra mente para socavar el fondo del asunto propuesto.

CÁLAMO CURRENTE

De cronista deportivo con vitalidad increíble, Mazeyra se encontró con La casa verde de Vargas Llosa, El extranjero de Camus y El túnel de Sábato que cambiaron su vida, su trajín universitario lo envolvió a la literatura como “una forma virtual de alterar el mundo real tanto como el autor y tú (tus tabúes, tus pudores, tus insatisfacciones) lo permitan”.

Por otro lado, la imagen del abuelo, un destacado maestro y docente universitario que, sobre todo, en sus años juveniles quiso plasmar, en sus muchos cuadernos de apuntes, historias en base a sus múltiples lecturas (historia, poesía, filosofía, medicina, zoología, religión, etcétera). El abuelo fue un lector omnívoro e interesado por muchas ramas. Aún Orlando conserva el borrador de un inacabado libro de relatos con un título precioso: Al caer de las tardes. Se presume que, al caer de las tardes, el abuelo garrapateaba con anotaciones ese cuadernos y, de esta forma, procuraba ser un escritor que, si bien no publicó ninguna obra de ficción, escribió artículos e investigaciones en diversos medios periodísticos de la ciudad.

MAZEYRA, EL ESCRITOR

Orlando Mazeyra Guillén (Arequipa, 1980) estudió en el Colegio De La Salle y en la Universidad Católica Santa María, en el 2007 publica su primer libro de relatos “Urgente: Necesito un retazo de felicidad (Bizarro Ediciones, Lima)”. Con “Todo comenzó en la Universidad” ganó el Primer Premio Nacional Universitario Nicanor de la Fuente (2003), organizado por la Universidad Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque. Sus cuentos han sido premiados en Morelia, México; en el Primer Certamen Literario Axolotl de Buenos Aires, Argentina. Ha publicado en diversos diarios impresos y revistas literarias virtuales a nivel nacional e internacional. Varios de sus relatos han sido seleccionados por el Proyecto Sherezade (Canadá). Otras de sus producciones aparecen el Proyecto Quipu que promueve el crítico Gustavo Faverón y en la bitácora Gambito de Peón del escritor Ricardo Sumalavia. Su segundo libro, “La prosperidad reclusa”, apareció a finales del año 2009.

sábado, 27 de febrero de 2010

«GOLPIZA ILUMINADORA», reseña en Caretas



Bajo el título «Golpiza iluminadora: cuentos de Mazeyra reunidos como un obligado ajuste de cuentas», aparece en la edición 2118 de la revista Caretas, una reseña de José Donayre Hoefken sobre La prosperidad reclusa.

«Parece que cualquier perversión o subversión fuera magnífica plastilina en manos de Mazeyra para diseñar personajes y someterlos a situaciones poco felices».

Para leer la reseña completa hacer clic sobre la imagen.

lunes, 15 de febrero de 2010

Atrapados en la noche


Esquizofrénicos, obsesivos, perdedores y desadaptados de toda clase son los personajes que pueblan las prosas y relatos de La prosperidad reclusa, rotundo libro del joven escritor peruano (arequipeño, para más señas) Orlando Mazeyra Guillén. Nacido en 1980, Mazeyra viene ganando premios desde hace varios años gracias a sus relatos enardecidos y precisos, muchos de ellos editados por revistas y publicaciones de universidades de distintos países latinoamericanos. En La prosperidad reclusa hallamos varios de ellos, quizá las mejores narraciones de este escritor, en que las neurosis cotidianas se convierten en el motor de una existencia que lucha por sobreponerse a un destino oscuro, siempre fracasando en el intento. Guiado por un lenguaje que refleja una necesidad urgente de expresión, Mazeyra asoma como una de las mayores promesas de la narrativa local (Francisco Melgar Wong, diario El Comercio, lunes 15 de febrero de 2010).

http://elcomercio.pe/impresa/notas/libro-hierba/20100215/414886

sábado, 30 de enero de 2010

En el diario La República

El jueves 28 de enero apareció en el diario La República una breve nota que invita a los lectores a comprar mi libro:

Está en circulación La prosperidad reclusa, del joven escritor Orlando Mazeyra Guillén, publicación que llega a la ciudad de Arequipa precedida de comentarios de importantes escritores y periodistas nacionales. “Me parece que Tras la puerta revela un muy prometedor futuro literario”, manifestó en su momento el periodista César Hildebrandt. La edición está a cargo de Cascahuesos Editores. Libro a la venta en la Librería Aquelarre, calle San José.

sábado, 9 de enero de 2010

"El relato, más que llenar un vacío, lo crea"


El narrador arequipeño Orlando Mazeyra (Arequipa, 1980) despidió el 2009 con un sorprendente conjunto de relatos: La prosperidad reclusa. Este libro ha merecido importantes comentarios de escritores y periodistas peruanos. Para Jorge Coaguila la interrogante es “… ¿qué une a las personas que dan vida a estos textos, además de su imborrable frustración?”. Esta, me parece, es la clave para desentrañar la estética narrativa que nos propone el autor.

La clave en este libro son los personajes, todos poseen una aureola de intensidad y extrañamiento por el mundo perdido o el mundo que les espera. El primer cuento “Vacíos”, es un microrrelato que juega a la voz de un trazo de lo que se viene “Algún día encontraría la fachada del maldito teatro. El teatro de mi vida. Donde perdí la cordura poco a poco…, mientras las boleterías se iban quedando vacías”. Este primer cuento, como los demás, propone que la narración sea completada por el lector, el relato, más que llenar un vacío, lo crea. Asistimos entonces al momento especial de la construcción de la creación.

“La dulce espera” involucra el conflicto de la escritura y la creación “…Después de diez libros mediocres (tres volúmenes de cuentos y siete novelas fallidas), sigo sin poder gestar un alma femenina que convenza a mi editora. Mi madre todavía no está muerta y yo tendría que morir también para ser capaz de contar nuestra historia”.

Para el periodista César Hildebrandt el cuento “Tras la puerta” revela un prometedor futuro literario. La voz de un esquizofrénico arma su propio drama, la desadaptación e incomprensión familiar y la búsqueda de respuestas y el desasosiego a través de la escritura. La creación literaria, entonces, va ligada a lo marginal, a ese vacío que no puede llenar solo el escritor o el esquizofrénico, ni tampoco los lectores.

Los valores de La prosperidad reclusa son la experimentación positiva en el tratamiento del lenguaje y las situaciones de conflicto, así como también la configuración en las posibilidades de los personajes. Invitamos al público a la lectura de este prometedor libro.

Publicado en el blog
Literatura y Cultura

del escritor Henry Rivas

lunes, 14 de diciembre de 2009

La prosperidad reclusa en EL BÚHO



El Búho – Edición Nro. 402

Con este libro de cuentos, Mazeyra vuelve a las letras luego de un complicado “exilio” en Estados Unidos y después de haber editado Urgente: necesito un retazo de felicidad.

En esta nueva arremetida literaria, Mazeyra continúa con sus relatos llenos de insatisfacción, con esa visión descarnada y malditista, llena de personajes que intentan (y no consiguen) escapar de la realidad.

Su visión parte de la perspectiva única del autor, pareciera ser el propio Mazeyra el protagonista de los entuertos. Esa figura trágica de escritor incomprendido ronda de diversas maneras en sus intensas historias.

Ricardo Sumalavia ha escrito: “Muchas veces a la narrativa le hace falta lanzarse al vacío. No para acabar sus días, por supuesto; sino en un intento por el cual el sacrificio mismo se torna una arriesgada aventura creativa. Me atrevo a ubicar los cuentos de Orlando Mazeyra Guillén en esta línea”.

Este salto al vacío ha sido acogido por Cascahuesos Editores, que han hecho del nuevo libro de Mazeyra, un trabajo de notable calidad. Bien por ellos.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Mi prosperidad reclusa


Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la prosperidad es el curso favorable de las cosas. La prosperidad no es más ni menos que la buena suerte o el éxito en lo que se emprende, sucede u ocurre.
Y, ¿quién de nosotros no busca un curso favorable en todos los proyectos que emprendemos a lo largo de nuestras existencias? ¿Quién no ansía la buena suerte y el éxito? Es obvio que podemos diferir en la forma, aunque no en el fondo del asunto, pues todos tratamos de arañar la prosperidad, de asirla, guarecerla para siempre en los recodos más íntimos e intransitables de nuestras vidas. Pero –siempre hay un pero que lo estropea todo– no todos accedemos a ella (o peor aún, siendo prósperos, no podemos constatarlo porque nuestras anteojeras o la estupidez propia o ajena nos lo impiden… ¡Vaya paradoja! En este mundo tan hipócrita y trivial, para sentirse cabalmente próspero hay que escucharlo de la boca de los otros: de los amigos, y, mejor que mejor, si se trata de los enemigos).
Unos ejemplos al paso, resaltando aquel latigazo sartreano que reza que el infierno no es otra cosa que la mirada de los demás: ¿Es próspero un matrimonio sin hijos? ¿Será posible considerar próspero a un hombre que frisa los treinta años y carece de profesión? ¿Quién rayos encarna la prosperidad? ¿Es próspero un presidente megalómano que recurre a unas buenas raciones de litio para mantener la cordura? ¿O lo será el escritor multipremiado que dice que a pesar de todo siempre se sentirá un insatisfecho? ¿O el flamante jubilado que, esclavo de ese mecanismo inmisericorde que es la rutina laboral, ya no sabe gobernar algo que le pertenece, pero que le supieron quitar: su libertad?
Creo que no somos pocos los que nos azotamos cotejando reiteradamente en dónde estamos y dónde –por ventura– quisiéramos estar. Los que, azorados o acaso impasibles, vemos cómo se ensancha la franja que separa nuestra realidad de nuestros sueños más genuinos. Y, para paliar estas desazones cotidianas, lo que menos nos sobra es el tiempo, que a veces se disfraza de aliado, sin embargo, es siempre pernicioso enemigo, hábil prestidigitador: sí, el tiempo, o lo que a mí más me desbarata: la finitud de la vida. Y después de preguntarnos por qué tenemos que morir (una pregunta que, según Philip Roth, puede sacar de quicio a cualquier persona), intentamos –creo– encontrarle un sentido a la existencia, obviamente antes de morir (y, ahora, recuerdo que un tío dejó en mi casa un papelito que decía que toda adicción es una búsqueda angustiosa de Dios) y, a continuación, acude hacia mí esa frase de Fernando Savater que martilla mi mente: “Sabernos mortales es ante todo sabernos abocados a la perdición. Lo más grave no es precisamente no durar, sino que todo se pierda como si jamás hubiera sido”.

Ya antes había anunciado, en mi primer libro, que buscaba tan solo un retazo de felicidad. Hoy, después de otro piélago de cuentos y relatos a cuestas, creo que la prosperidad no es más que una de las variables que conforman esa fórmula evanescente que se llama felicidad. Y la felicidad, lo sé (lo he constatado infinidad de veces), siempre me será siempre ajena. Digo mejor, me será esquiva cada vez que deje de escribir, pues conviviendo con la mentira, inventándome otras vidas en las que aletea mi propia vida, puedo sentirme pleno, útil, satisfecho. Lo mejor de todo es que resulto siendo útil para mí mismo, pero un inútil para los demás. Creo que esa contradicción alberga una extraña verdad que sigo buscando obsesivamente cada vez que florece en mi interior el germen de una historia. ¿Puedo decirlo de otra manera que sea más clara y rotunda? Sí, desde luego, si me permiten recurrir a la precisión de Haroldo Conti: Yo soy escritor nada más que cuando escribo. El resto del tiempo me pierdo entre la gente. Pero el mundo está tan lleno de vida, de cosas y sucesos, que tarde o temprano vuelvo con un libro. Entre la literatura y la vida, elijo la vida. Con la vida rescato la literatura; pero aunque no fuera así, la elegiría de todas maneras.
Escribir es, como dice Mario Vargas Llosa, hablar de eso que no te atreves o no puedes hablar. A la hora de escribir, sigo sus pasos: “me entrego con la personalidad completa, no solamente con el lado consciente sino con el lado oscuro. Escribo escarbando en lo más profundo de mis recuerdos, con todo aquello que reprimo. Para mí, la literatura es un exorcismo de unos fondos muy profundos… hay una compuerta que se abre de una manera muy simbólica, tanto que a veces yo mismo no alcanzo a identificar, pero que tengo el presentimiento que estoy volcando unos fondos muy secretos en lo que escribo. En algunos casos lo hago con toda deliberación. Pero tal vez lo más importante de ese exhibicionismo no pasa por la conciencia”.
Pero estas citas a autores que me han marcado con sus libros o sus ideas, seguramente les resultarán innecesarias y perdonen la digresión. Quiero volver a la prosperidad. Acudamos entonces a ella evocando a la muerte (no es un contrasentido, por favor, evoquemos la muerte de una manera visual o narrativa, a través del cine o de la literatura). El inolvidable Lester de Belleza Americana, encarnado por un soberbio Kevin Spacey, habla, al inicio y al final de la película, de la muerte, o, para ser más exactos del segundo antes de morir; y no deja espacio para la duda o la sospecha:
Antes que nada ese segundo definitivo no es sólo un segundo. Se alarga eternamente, como un océano de tiempo (en donde asoman las personas y lugares que nos marcaron con fuego): Para mí, fue estar acostado en mi campamento de Niños Exploradores mirando estrellas fugaces y hojas amarillas de los arces de nuestra calle o las manos de mi abuela, y su piel que parecía como de papel y la primera vez que vi el auto de mi primo Tony… y mi hija, y mi hija y mi esposa. Podría estar bastante encabronado por lo que me pasó, pero es duro seguir enojado cuando hay tanta belleza en el mundo. A veces siento que estoy viendo todo a la vez, ¡ y es demasiado! Mi corazón se infla como un globo a punto de reventar. Y entonces me acuerdo de relajarme y dejar de tratar de aferrarme a ella. Y entonces fluye a través de mí como lluvia y lo único que puedo sentir es gratitud por cada momento... de mi vidita estúpida. Seguramente no tienen idea de lo que estoy hablando. Pero no se preocupen. Algún día la tendrán”.

Entonces, ya puedo confesarles que escribí este nuevo libro convencido de que mi prosperidad se quedó encarcelada, reclusa en algún capítulo de mi infancia. Este librito está dedicado a mi hermano Álvaro, quien alguna vez quiso pasar a limpio un deseo íntimo. Me dijo algo más o menos así: “Orlando, al morir, quisiera que me cremen y, luego, que lancen mis cenizas desde el Puente de Fierro para se esparzan por el parque de La Arboleda”. Y creo que ambos coincidimos con ineluctable alegría en que cuando, no seamos más, veremos desfilar a los amigos que supimos hacer en ese parque donde una pelota de fútbol era suficiente para hacer de la vida una experiencia esplendente. Luego vino lo otro, lo que no vale la pena, la tensa espera, pues, como nos recuerda Andrés Calamaro: “la vida es una gran sala de espera, la otra es una caja de madera”.
Ahora, que ya quiero dejar de aburrirlos, vienen a nuevamente a mí las imágenes que no me dejan dormir, las postales de una prosperidad efímera: ¡palmeras, palmeras y más palmeras! Un domingo por la tarde se transforma en bares, alitas doradas, pizzas, gringas de ensueño y muchas cervezas. Y, vamos, Orlando, que aquí el agua es caliente. En serio, huevón: en Miami no es como en Camaná que el agua es tan helada que te cagas de frío. Y entonces, vamos, carajo, entra que no vas a querer salir. Y, sí, nos metemos al mar mientras cae la tormenta y, a lo lejos, los rayos parecen flashes divinos. Y guacachas, chalacas, brincos, lo que sea, todo a la vez: el amigo con el que compartí el jardín de infancia, el colegio y la universidad me hace sentirme vivo, próspero o algo que se le parezca. ¿Feliz? Creo que sí, por eso quiero abrazarlo en medio de la algarabía, él ya lleva más de cinco años en Miami y yo acabo de llegar hace unas horas, dos historias dispares, él va a ser padre y yo jamás quiero serlo… pero, insisto, lo miro y sé que ambos disfrutamos a plenitud, ¿qué falta entonces para arañar la felicidad? ¿Estar en Camaná, no es cierto? En ese instante daríamos lo que sea por Camaná y su agua helada, ¡no importa! ¡Camaná y punto! En esa contradicción encontré mi propia prosperidad.
Arequipa, 05 de diciembre de 2009.
Texto leído en la presentación de mi libro

Imagen: "Las musas" de Luz Letts